6 de junio de 2026

El enemigo imaginario (o cómo gobernar con el fantasma bajo la cama)

Hay una frase del genial semiólogo Umberto Eco que dice que para unir a un grupo, o para justificar los fracasos propios, no hay nada mejor que inventar un enemigo. Si no lo tenés, lo fabricás. Te armás un monstruo a medida, le ponés garras, cara de malo, y después salís a la calle a decir: «Miren, yo quería arreglar las cosas, pero el monstruo no me deja».

Algo de eso pasó hoy en el Chaco.

Mirá este video. Es el gobernador, Leandro Zdero, en el acto donde asumió la nueva conducción de la UCR chaqueña. Escuchalo bien:

«No necesito tibios ni cagones, necesito coraje… Hay un gen golpista que intenta siempre tumbar, empujar, tratar de volver al poder…».

¡Epa! Qué lenguaje, ¿no? Qué nivel de sutileza académica. «Tibios y cagones». Traducido al castellano básico: el gobernador está nervioso. Y cuando un político se pone así de místico y combativo adentro de su propio comité, es porque las cosas afuera no están saliendo como salían en los spots de campaña.

Zdero habla de un «gen golpista». Nos propone una película de espías, una conspiración transilvánica donde hay un entramado mafioso y oscuro que, en silencio, opera en los rincones de la provincia para derrocarlo. A ver, seamos francos: que el peronismo o los movimientos sociales chaqueños quieren volver al poder no es un secreto genético, muchachos, es la base de la política. Se llama oposición. Nos guste o no lo que hicieron antes que fue un desastre, convengamos, su trabajo es querer ganar las próximas elecciones.

El problema es cuando convertís la resistencia lógica de la oposición en una teoría conspirativa para justificar que la realidad te está pasando por arriba. Es el viejo truco de la trinchera. Zdero se mete en el pozo, se pone el casco y empieza a los gritos. ¿Por qué? Y… porque es mucho más fácil gritarle a un enemigo invisible que explicar por qué la provincia sigue crujiendo. Es más fácil denunciar un «frente golpista» que sentarse a dar respuestas sobre la falta de reactivación, sobre los comedores, sobre el empleo o sobre la malaria económica que golpea a los chaqueños todos los días.

Y fíjense el detalle, porque acá está el nudo de la milanesa: el gobernador no solo les habla a los de afuera. Cuando dice «no necesito tibios ni cagones», les está pegando un cachetazo discursivo a los suyos. Está desnudando una interna feroz. Básicamente, les está diciendo a sus propios funcionarios y militantes: «Muchachos, tengo miedo de que me dejen solo, muestren los dientes». Es el miedo al «silencio» de su propia tropa, un reproche explícito a la falta de defensa corporativa de su gestión.

Gobernar el Chaco no es para cualquiera, está claro. Dejar atrás años de feudos y piquetes clientelares lleva tiempo y requiere templanza. Pero la templanza no se mide en decibeles. El orden no se recupera insultando en un atril partidario.

Si pasás de la promesa del cambio al guion de la victimización permanente, terminás siendo prisionero de tu propio discurso. Al final del día, la gente no come teorías conspirativas, no llega a fin de mes con metáforas biológicas sobre el «gen golpista» y, francamente, está bastante cansada de los políticos que, en lugar de gestionar, eligen vivir en la trinchera.

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Javier Martinez Intendente

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