Hoy el Gobernador Leandro Zdero se puso el traje de paladín. Salió a decir, con esa cara de «acá no pasa nada», que en el Chaco se terminó la impunidad. Lo dijo mientras se colgaba de la medalla del Caso Cecilia, como si la justicia fuera un mérito de su gestión y no una obligación del sistema.

Pero la realidad, Leandro, es un bicho testarudo. Y la realidad tiene nombre de pibe laburante: Oscar Acevedo. 33 años. Un tipo que hoy debería estar vivo, pero que hace dos meses terminó desparramado en el asfalto de Quitilipi porque una camioneta se lo llevó puesto.

¿Y quién manejaba esa Ford Ranger blanca? Tu hermano, Leandro. Horacio Javier Zdero.

El país de los familiares

Lo que indigna no es solo el accidente —porque accidentes hay todos los días—, lo que nos rompe la cabeza es lo que vino después. El manual de la «corpo» política en su máxima expresión.

  • El parte policial: Cortito, amarrete, con menos datos que un telegrama de despido.
  • La justicia: En cámara lenta. Un fiscal que lo imputa pero lo deja en libertad, porque claro, «es el hermano de».
  • La coartada: «Soy un ciudadano común», dijiste vos. Pero a un ciudadano común, si mata a alguien y la causa «avanza lento», no se le ocurre ir a bailar a los corsos de su pueblo a los dos meses.

La foto que te escupe el discurso

Este fin de semana, mientras la familia de Oscar todavía no puede cerrar los ojos porque se acuerdan de los ruidos de los huesos rompiéndose, tu hermano Horacio se paseó por los corsos de Quitilipi.

Ahí lo tenés. Entre la espuma, el brillo y la comparsa. Esa es la verdadera cara de tu «fin de la impunidad». Es el carnaval de los que no pagan. Es la impunidad con apellido ilustre que sale a festejar mientras el pibe que mató está bajo tierra y la familia no recibe ni una explicación que no parezca un chiste de mal gusto.

¿Para quién es la ley?

Gobernador, no nos tomes por tontos. La impunidad no se termina cuando metés preso a un Sena que ya no tiene poder. La impunidad se termina cuando, si tu hermano mata, paga como cualquier hijo de vecino.

Hoy tu discurso de «Chaco libre» se convirtió en un disfraz de murga. Porque en tu provincia, parece que si tenés el apellido correcto, podés pasar de un choque fatal a la tribuna de los corsos sin escalas.

La pregunta no es si se terminó la impunidad. La pregunta es: ¿Cuánto vale la vida de un chaqueño si el que aprieta el acelerador lleva tu misma sangre?

Respondé eso, Leandro. Porque el silencio de los Acevedo ya nos aturde a todos.

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