Por la redacción
En la Argentina de Javier Milei, el diccionario ha sido secuestrado por el algoritmo del odio. Ya no hace falta poner bombas ni subvertir el orden constitucional para ser calificado de «terrorista»; basta con sostener un micrófono, encender una cámara de A24 o pertenecer a una organización que defienda la libertad de expresión.

El reciente episodio frente al Congreso no es solo un exceso policial —reconocido incluso por su propia Ministra de Seguridad—, es la confirmación de una patología política: el uso del Estado para la difamación sistemática de la prensa.
La infamia del retuit
Mientras la Justicia ordenaba la libertad del camarógrafo agredido, confirmando que su único «crimen» fue intentar registrar una detención, el Presidente de la Nación se dedicaba a una tarea impropia de su investidura: el linchamiento digital. Al validar publicaciones que tildan de «terrorista» a un trabajador de prensa, Milei no solo falta a la verdad; incita a la violencia.
Si un camarógrafo es un terrorista por filmar, y si FOPEA es una «organización terrorista» por defenderlo, entonces la democracia misma es, para este Gobierno, una amenaza que debe ser erradicada.
El peligro de la «Pauta» como excusa
El argumento del «periodismo ensobrado» o «pautero» se ha convertido en el comodín autoritario para anular cualquier crítica. Milei no debate ideas; etiqueta enemigos.
- A la policía: Se la respalda incluso cuando el propio Ministerio de Seguridad admite conductas reprochables.
- Al periodista: Se lo estigmatiza para que la próxima vez que un efectivo levante la macana, la sociedad mire para otro lado.
La paradoja de la libertad: Resulta trágico que quien llegó al poder bajo la bandera de la libertad absoluta, hoy utilice el aparato comunicacional del Estado para perseguir a quienes ejercen la libertad de informar.
Un límite cruzado
Tildar de «terroristas» a instituciones civiles y trabajadores es un punto de no retorno. Es preparar el terreno para algo más oscuro que un simple posteo en X. Cuando el lenguaje se vuelve tan violento, el paso siguiente suele ser físico.
El Presidente debería entender que la crítica no es terrorismo; es el oxígeno de la República. Un país donde el lente de una cámara es visto como un fusil no es un país libre, es un país enfermo de autoritarismo.