Se van en silencio. Sin despedidas largas, sin certezas de cuándo volverán. Desde San Bernardo, familias enteras cargan lo poco que tienen en un camión: colchones gastados, algunas ollas, una pava para sostener el ritual del mate y bidones de agua. El destino puede ser Santiago del Estero o Santa Fe, pero en el fondo es siempre el mismo: trabajo duro, lejos de todo.

No hay casas esperándolos. Solo carpas improvisadas en medio del campo, donde el sol castiga durante el día y el frío se hace sentir por la noche. Allí duermen, comen y viven durante meses, sobreviviendo con lo justo.
El viaje no es una elección, es una necesidad. Dejan atrás hijos, padres, afectos, cumpleaños y momentos que no vuelven. Cambian lo poco seguro que tienen por la incertidumbre, con la esperanza de juntar dinero para sostener a sus familias.
Las jornadas son extensas y exigentes. El cansancio se acumula, el cuerpo duele, pero no hay margen para detenerse. Porque parar no es una opción cuando del otro lado hay alguien esperando.
Es una realidad que pocos ven. Un sacrificio silencioso que no aparece en redes ni en fotos, pero que sostiene la economía de muchas familias. Historias que pesan, que duelen, y que reflejan hasta dónde puede llegar alguien cuando lo único que busca es sobrevivir.