LA CONTABILIDAD DEL PODER: CUANDO EL MINISTRO CONFUNDE DEFENSA TÉCNICA CON ATAQUE POLÍTICO

Las declaraciones del ministro de Hacienda y Finanzas, Alejandro Abraam, lejos de aclarar el debate fiscal, lo degradan. En lugar de responder con precisión técnica y transparencia institucional, el funcionario eligió el camino del agravio personal, la chicana política y la descalificación, una estrategia conocida cuando los números no cierran o cuando la discusión de fondo resulta incómoda.

Abraam intenta reducir el planteo del diputado Pérez Pons a una supuesta “fantasía contable”, pero omite deliberadamente explicar qué partidas se ajustan, quiénes pierden recursos y cuáles son los impactos reales de las decisiones económicas del actual gobierno. Minimizar cifras no es gestión: es relato. Y burlarse de la oposición no reemplaza la obligación de rendir cuentas.

Resulta llamativo que el ministro hable de “metaverso económico” mientras la provincia enfrenta salarios deteriorados, caída del consumo, paralización de la obra pública y un sector productivo que no despega. En ese contexto, descalificar advertencias sobre posibles pérdidas de recursos como simples “dibujos ideológicos” parece más un intento de correr el eje del debate que una defensa sólida de la política fiscal.

Abraam se ampara en datos de la Comisión Federal de Impuestos, pero evita explicar cómo impactarán las reformas impulsadas por el Ejecutivo en el mediano y largo plazo, especialmente en una provincia históricamente dependiente de la coparticipación. El problema no es solo cuánto se pierde hoy, sino qué capacidad tendrá el Chaco para sostener servicios, empleo y desarrollo mañana.

El ministro también apela al pasado como único argumento: pobreza, indigencia y atraso. Sin embargo, gobernar no consiste en administrar culpas ajenas, sino en dar respuestas propias. A más de un año de gestión, el oficialismo ya no puede seguir explicando el presente únicamente mirando por el espejo retrovisor.

Hablar de “industria del juicio” y “negocios de la pobreza” sin mostrar resultados concretos en generación de empleo privado, inversión real y mejora de indicadores sociales, suena más a consigna que a política pública. El riesgo es claro: cuando el discurso reemplaza a la planificación, la economía se vuelve un campo de batalla ideológico y no una herramienta de desarrollo.

El debate no necesita ironías ni descalificaciones. Necesita números claros, escenarios posibles y responsabilidades asumidas. Porque cuando un ministro convierte la crítica en burla, el mensaje que queda no es fortaleza técnica, sino fragilidad política. Y esa fragilidad, tarde o temprano, la paga la sociedad chaqueña.

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