Tenés que escucharlo despacito porque es una joya histórica del cinismo político. Ahí lo tenés al gobernador del Chaco, Leandro Zdero, frente a los micrófonos, rindiéndole honores al que consideraba su faro de gestión. Te decía con tono grave de estadista:
«Hemos visto un presidente muy resolutivo, pensando a futuro a mediano y largo plazo y no trabajando en la improvisación.«
Resulta que el «líder estratégico» y el «presidente que no improvisaba» terminó firmando su renuncia en la noche para evitar que el Congreso lo saque a patadas en un juicio político sumario. Se tuvo que ir Santiago Peña, arrastrado por el escandaloso colapso del Ueno Bank, la entidad donde el Estado paraguayo tenía metidos los fondos públicos y los depósitos de los jubilados, mientras casi 3 millones de personas veían cómo sus ahorros quedaban congelados de la noche a la mañana.
La diplomacia del selfie y el verso del desarrollo
Acá en la Argentina nos hemos acostumbrado a la diplomacia del cotillón. Viaja una comitiva a cruzar la frontera, se encierran en despachos con aire acondicionado, arman gacetillas con palabras como «conectividad», «integración regional» y «lucha contra el narcotráfico», y vuelven a la provincia a dar conferencias de prensa infladas de orgullo.

La pregunta es violenta por lo simple: ¿Qué miran cuando miran a un socio estratégico?
Mientras Zdero le hacía propaganda al «modelo de planificación» de Peña, la mecha en Asunción ya estaba prendida. El banco Ueno hacía agua por los cuatro costados, el índice de solvencia se caía a pedazos por debajo del 50% y las denuncias por manipulación de fondos corrían como reguero de pólvora. Pero claro, en la foto oficial todos sonreían. Hablaban de puentes de papel entre Formosa y Paraguay, de potenciar los puertos de Barranqueras y Las Palmas y de articular «fuerzas de seguridad».
Te vendían una catedral de cristal mientras los cimientos de la casa del vecino ya eran de barro.
La calle en la actualidad de Paraguay
La gente salió a la calle, PRENDIERON FUEGO EN LAS CALLES. Tuvo que caer el presidente del Banco Central, tuvo que perder el respaldo de su propio partido y finalmente Peña tuvo que armar la valija y dejarle el sillón a su vicepresidente.
Eso es lo que pasa cuando la política se acostumbra a vivir del relato y de la imagen de Instagram: la realidad siempre llega, no pide turno y te pasa por arriba.
¿Cuál es la lección para nosotros?
Que los discursos de los dirigentes no valen ni el papel en el que imprimen las gacetillas. Que cuando un mandatario sale a garantizar la «solidez» y la «falta de improvisación» del mandatario de al lado, conviene agarrarse la billetera.
Hoy el Chaco sigue con los mismos problemas de infraestructura, las mismas carencias en los hospitales, las mismas urgencias en las rutas y las mismas dudas en materia de seguridad. El superplan regional que le prometió su «socio ejemplar» duró lo que dura un chispazo.
Ahí queda la grabación, para el archivo del humor negro de la política continental. Zdero jurando que Peña no improvisaba; el banco ardiendo en Asunción y la gente común, como siempre, preguntándose hasta cuándo la fiesta de la política la terminan pagando los ahorristas.
Te cambian el escenario, te cambian el presidente, te inventan un puente… pero la comedia bizarra es siempre la misma.

